Historia y Mitología

La Isla de San Borondón es parte de la mitología canaria. Y el Archipiélago es un lugar mágico y mítico en el ideario de Occidente, junto las restantes Islas de la Macaronesia.

Los Romanos, Fenicios y Griegos ya navegaban por el Atlántico y sobre todo por las Islas Canarias, de las cuales decían que eran unas islas mágicas, misteriosas y de leyenda.

Durante siglos se creyó que las islas eran las cumbres de las montañas de la Atlántida, el gran continente sumergido del cual habló Platón.

Según la leyenda, la Atlántida era una gran isla situada al otro lado de las Columnas de Hércules, dominio de Poseidón, Dios del Mar, y estaba habitada por los Atlantes. Zeus, Rey de los Dioses, castigó a los Atlantes y, en el transcurso de una noche, erupciones volcánicas y maremotos destruyeron la gran isla en un cataclismo de proporciones cósmicas. Según la leyenda, de la Atlántida quedan a la vista sólo las islas Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde.

Hesíodo (poeta Griego del s. VIII A.C.) escribe sobre el legendario Jardín de las Hespérides, comenzando su historia con Atlas, que era un gigante hijo del Titán Tártaro – el infierno.

Atlas había participado en la lucha junto a su padre y Zeus lo condenó a sostener el cielo más allá de las Columnas de Hércules – el estrecho de Gibraltar. Atlas tuvo tres hijas, Las Hespérides: Egle, Eritia y Aretusa.

Las tres vivían en la tierra más occidental del mundo, unas islas maravillosas en el Océano Atlántico, un paraíso terrenal donde el clima era benigno y donde los árboles producían manzanas de oro. La Diosa Gea (La madre tierra) había hecho brotar esas manzanas como regalo de bodas para los Reyes de los Dioses, Zeus y Hera.

Desde el siglo XV empiezan a oírse relatos de una octava isla

Lo cierto es que ya desde el siglo XV, fecha en que comienza la colonización de las Islas Canarias, empiezan a oírse los relatos de una octava isla, que a veces se divisaba al oeste de La Palma, El Hierro o La Gomera.

Cuando los navegantes intentaban aproximarse a ella y se encontraban a la vista de sus costas, montañas y verdes valles, la isla se veía repentinamente envuelta por las brumas o por un fuerte viento y desaparecía.

Evidentemente, la isla fue rápidamente identificada con la mítica isla de San Brendan, que por evolución del lenguaje en Canarias se convirtió en San Borondón.

Nadie dudaba de su existencia, existían numerosos relatos muy detallados de navegantes que habían desembarcado en la isla y la habían explorado antes de que volviese a hundirse en el Océano. Y no menos numerosas son las expediciones en su búsqueda.

En 1570, el Doctor Hernán Pérez de Grado, Regente de la Real Audiencia de Canarias, no la encuentra, pero afirma a su regreso, que estuvieron en sus costas donde había perdido a los tripulantes.

La isla de San Borondón, cuando se deja ver, lo hace en circunstancias que nada tienen que ver unas con otras. Unas veces con cielos despejados, otras con nubes, con tormentas, etc.

Esa diversidad de las condiciones climatológicas contradice la argumentación de “los ojos equívocos” y de los que sostienen que es una especie de espejismo. ¿Cómo justificar entonces su aparición cuando no hay nubes y que los testigos la describen de forma muy similar?. Las hipótesis científicas ceden entonces ante los enigmas.

La isla está supuestamente situada al Oeste, el lugar donde el sol se pone, el lugar de la muerte, de la transformación.

Parece ser una materialización de un espacio mítico, donde desaparecen las coordenadas espacio-tiempo de nuestro mundo y se entrara en otra dimensión más espiritual que física.

En cuanto a esta leyenda, solo el que tiene ojos abiertos y el interior (corazón y espíritu) adecuados, podrá acceder a su geografía física. Pertenece a ese tipo de territorios míticos, reinos o ciudades como Shambala, o las ciudades “perdidas” en Suramérica.